viernes, octubre 12, 2007
octubre ya está aquí

Hoy lo he hecho. Salí a la calle con una camiseta negra de manga corta, aun sabiendo que pasaría frío. Pensaba: saldrás, lo harás y pasarás tanto frío, que llorarás por lo que has hecho. Efectivamente, cuando llegué a casa lloré. La piel resfriada se había enfadado conmigo. Me quite la camiseta y me miré en el espejo, y pensé: mírate, si eres una cría, y lo has hecho, lo has hecho… cómo has podido hacerme esto, siendo yo tu más fiel compañera allá donde vas. Le grite que se callara. Cogí el edredón de mi cama dejándola semidesnuda y revuelta y me arropé con él. Y pensé que parecía una aceituna triste. Y me reí y lloré de nuevo. Le leí mientras encendía un cigarro. Y pensé mientras leía: cabrón, cabrón…
Hoy se abre un nuevo ciclo. No sé en que momento se cerró el anterior, quizás aquel día con pequeño quijote en la terraza, pensando en si volaríamos o acabaríamos con las tripas esparcidas sobre el asfalto. Hoy es el día y no sé como empezar. Sin duda, esto ya ha empezado, hace días que empezó… días que solo han servido para dormir y leer, y volver a dormir. Días en los que no he escrito ni una línea, ni una. Días y días que han pasado tan lentos y tan indefensos, que casi no se han notado.
Y aquí estoy yo, mitad aceituna triste, diciendo algo parecido a un adiós.
 
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domingo, septiembre 23, 2007
El erotismo de Dita

La piel tan blanca. Los pechos tiernos como los de una colegiala, pálidos de leche. Y los labios rojos.
Los zapatos que se amontonan en el suelo…
Míralas como juegan, como se enrollan como pequeñas y negras gatitas en celo. Con los pies que se convierten en manos y las piernas que se remueven nerviosas.
 
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lunes, septiembre 10, 2007
el anhelo

de rizos de arena y ojos de botellita de cielo


“Se mordió los labios hasta que le sangraron los silencios, y salieron uno tras otro en fila india, y hablaron así, mudos.”
L me quita el pucho y fuma. Siempre me dice lo asqueroso que es fumar, pero siempre fuma, le dedica unos minutos a deleitarse con el podrido sabor a alquitrán, quitándole la vida a la ceniza encendida como si fuera una mantis en celo y el cigarro el amante presa de sus mordiscos, le desmiembra sin piedad, una muerte dulce hasta que ya no se es consciente de si queda vida o no, de si latimos o soñamos que latimos o de si ya ni siquiera soñamos
Hoy la noche nos duele, nos picotea con sus avispones negros bien certeros. Hoy la noche es tan cruda y tan negra, que las nostalgias han venido a velarnos bajo la cama, con sus ojos pequeños y sus bocas grandes, con los brazos cortos que abrazan pero no llegan
Algún día de estos tenemos que enseñarte a abrazar, nostalgia. No, espera, quizás te duela porque tus brazos son demasiado cortos (o tu corazón demasiado pequeño). No importa, nos acurrucaremos sobre ti para parecer una frágil y precaria parte de ti misma.
No importa, las tiernas niñas sobreviven cada día sin esos brazos que las rodeen y las estrujen como pequeñas bolitas de plastilina verde. Sobreviven indemnes con los corazones arrugados pero sin marcas en las muñecas ni en los labios. No importa… El anhelo es algo fácil, casi dulce al tacto, más o menos como lo seria un algodón de azúcar aplastado en el asfalto.
Hoy la noche nos obliga a llorar, a llorar como niñas desconsoladas, a llorar como si ya no quedaran esperanzas roídas en las que sostenerse. Y es que ya casi no quedan, se las han llevado las hormigas cojas que habitan los árboles olvidados por el tiempo y las personas (hojas caducas y lágrimas de cordero).
L me cuenta que la luz de su baño parpadea, también debe de estar triste.
- Anoche, cuando llegué a casa después del medio litro de ron, se me apagó la luz y me duche a oscuras. Está bien que las cosas tristes parpadeen, pero ya podrían hacerlo por la mañana…- dice, mientras pequeño quijote me chupa el pie. A veces la tiraría por la ventana, otras le lamería las lagrimas (con cariño de ternero) una a una, hasta que ya no quedaran partículas salinas en sus mejillas
Mientras tanto las nubes se han comido al cielo para cenar, son migajas de pan repartidas sobre el inmenso infinito. Son manchas grises en un fondo de quimera.
 
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domingo, agosto 26, 2007
mares hambrientos y pequeños engaños en sangre ntados
El hombre de negro huía través del desierto y los cuervos hambrientos le perseguían en busca de su sangre caliente y espesa. Las dunas serpenteaban con el viento, el cual se había convertido en una melodía que les hacia bailar y mover sus caderas enfermas de sed
- Dénos una gota de su sudor, sea piadoso, señor- gritan los cantos diminutos desgañitando tanto sus pequeñas gargantas secas que casi se puede intuir como crujen y se agrietan
- Perdónenme ustedes, señores cantos roídos, pero hace mucho que tengo el corazón deshidratado. Además, hay unos señores cuervos que me vienen pisando los talones. A no ser que ustedes quieran hidratarse con mi sangre derramada, háganme el camino más fácil
Los guijarros, fascinados ante tan gran descubrimiento, abrieron bien los ojos y el hombre de negro pudo sentir sus pequeñas boquitas mordiéndole en los tobillos
- Hey!, ¿pero qué hacen ustedes? Que duele…- exclama el hombre de negro dolorido pero sin dejar de lado la caballerosidad
- Solo quisimos probar su jugosa sangre enamorada, lo sentimos hondamente…- dicen ruborizados los cantos apartando sus boquitas del señor- Sin embargo, debemos decirle que sabe usted muy bien. Le proponemos un trato, si nos deja beber de usted le ayudaremos a escapar de los horribles cuervos
El hombre de negro, se subió los pantalones dejando una porción de su tobillo al descubierto, consintiendo, y pudo notar el punzante dolor de las boquitas sorbiéndole algo más que la sangre (improvisadas sanguijuelas en su piel). A ratos dolía, a ratos le hacia cosquillas. Después de un rato, el hombre de negro se sintió desfallecer, los graznidos de los cuervos se oían lejanos
- Señores cantos roídos, me temo que me estoy quedando sin sangre y sin fuerzas. ¿Podrían ustedes llevarme hasta el final de este ardoroso desierto?
Los labios hinchados se despegaron de su piel apergaminada, colmados de humedad. Obedecieron al hombre de negro sin rechistar, y a través de las dunas en movimiento lo llevaron a tierra firme, un pequeño rincón a las orillas de un río
El hombre de negro bebió entonces hasta saciarse. Con los labios mojados, preguntó a los guijarros porqué no bebían de aquel agua tan fresca
- Es un suicidio, señor, porque al entrar en el agua y llenarnos bien el estómago, no podemos salir a flote por el peso y nos ahogamos
El hombre de negro de despidió poco después de los guijarros, que empachados y drogados como estaban poco podían hablar sin vomitar insensateces de verano y otras rarezas incompresibles. El señor siguió así la estela de río, que crecía o menguaba a ratos. El resto del tiempo permanecía impasible, fluyendo las aguas sobre sí mismas y escurriéndose entre las rocas como huyendo de las gotitas que vienen detrás. Pero la carrera está amañada, las que van las primeras serán las que antes rocen sus labios con la calida mar, que las espera y acoge en su inmensidad.
 
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lunes, agosto 13, 2007
de farolas y sueños
Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado, un patito de goma a medio destripar, con los ojos saltados y marcas de dientes en el cuello. Parece que lo hubieran torturado sin parar, hasta que confesara porqué las lágrimas son saladas o algo así, pero al ser un patito de goma no sabe hablar, así que la tortura no cesó hasta que su verdugo se cansó y se fue a jugar con su cola.
La escena la envuelve hasta que vuelve a cerrar los ojos. Hoy no, quijote, hoy ella quiere tristear, que las lagrimas le salgan a borbotones, pequeñas partículas salinas que escuecen en el lagrimal y mas adentro. Hoy quiere lloriquear como una niña indefensa lo haría la primera vez que un chico-mentira le toca entre las piernas. Hoy quiere sentirse pequeña y abandonada y sola. Hoy quiere pero no puede. Empieza a gimotear callada, casi obligándose a llorar, pero duele como si alguien estuviera estrujándole el corazón y la garganta
Los días son extraños para ella últimamente, llenos de cerillas y de besos clandestinos, se fuma la vida como si fuera una calada, para luego escupirle sin compasión. La mesilla de noche se le ha llenado de frases que escribe a medio dormir, incluso el cenicero tiene la suya propia, algo así como “nunca volaré”
Por las tardes se sienta en el parque que queda mas cerca de su casa para sentir el calor derritiéndola, por las noches juega consigo misma y con su vida, haciéndola pender de la hebra mas fina. A veces solo escribe, algo mucho menos temerario:


Soñé como entre él y yo descabezábamos al sueño. No teníamos una guillotina decente así que íbamos degollándole con nuestras manos a modo de sierras improvisadas. Era una situación graciosa pese a estar embadurnados de sangre, nos reíamos del sueño maniatado y ridiculizado. Se le veía tristísimo con su pañuelo en la boca y las lagrimas escurriéndose por sus mejillas sin manos para secarlas. Sus ojos no paraban de moverse, viendo qué vena o arteria cortábamos en cada momento
Esta noche resucitamos… hasta que pequeño quijote vino a quitarme las sabanas y a enseñarme como la luz de la farola parpadea, solo esa, las demás alumbran arriba como estatuas de luz. La farola parpadea y es como yo, solo que sin parpados ni pestañas ¿Las farolas miran? Nuca vi una moviendo las pupilas en busca de aquello que mirara, aunque puede ser que al ser su ojo tan grande no le haga falta una pupila o su pupila tan grande que no se percibe, como si no tuviera.
La farola está triste. Parpadea porque tiene tantas lágrimas en su enorme ojo que no es capaz de sostenerlas. Las va soltando una a una con cada parpadeo y caen como péndulos ambulantes que mojan a las niñas que pasan por debajo ¿Cuántas más le quedaran?
La farola esta triste y es como yo

Escuchando: Horrores varios de la estupidez actual. 713avo Amor
 
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jueves, agosto 09, 2007
celofanes que copulan
Ya se fue y la noche se llena de sombras
ya se fue,
no tengas miedo que los ojos no vigilan
duermen titilantes en la oscuridad
y en la soledad de mi lecho que arde
me cristalizo sin razón aparente,

me salen cristalitos en las pupilas
y las caderas se me hielan
como cisnes macizos de hielo
me cristalizo a mi misma
pequeños cristales que se aferran a la gota que cae
se derrama y ya no es

mancha en el suelo que alguien acabará pisando,
lágrimas sin sal ni inocencia,
mar desalado,
inútiles celofanes adheridos uno a otro

suena un tintineo y me rompo
ya se fue, si, ya se fue
ese que me canta lejano
con los ojos ruborizados
y las uñas descarnadas

dámelas de comer, amor,
sírvemelas como tierno alimento
déjame probarte en silencio

Escuchando: El viaje a ninguna parte. Bunbury
 
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sábado, julio 14, 2007
La miro y disimula (silba silenciosa)
Los cráteres lunares se tornan ojos oscuros,
pesadillas del niño malo,
y picotean en la noche como avispones
negros bien afilados



Escuchando: Así duele un verano. Migala
 
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sábado, junio 30, 2007
La inocencia desvirgada
La mirada que le devolvió el espejo no era la suya sino la de una anciana con arrugas en la retina y mentiras mas atrás escondidas. Seguramente debido al corazón que había adquirido en las rebajas la tarde anterior, podrido de inocencia y sin faldas de tablas, pero apropiado (o no) para el uso que ella le daría. Sin embargo, desde ese día las noches se volverían más tristes y solitarias, pero eso ahora no importa.
Ahora solo nos atañe el momento, el ahora, ese ahora de ella, que se quita la blusa y la dobla para luego tirarla lejos (muy lejos), sin mirar hacia donde cayó o si salió volando.

Y se queda desnuda
y se mira.
Se observa quieta.
Se analiza sintacticamente. Una oración compuesta, compleja como ella sola y como todas.
Se re mira, se voltea con los ojos que la siguen curiosos, dejando caer los parpados lentos, como si a cada vistazo el cuerpo desnudo le diera de beber la cicuta (como a aquel ruiseñor tierno)

Y en la noche se abandona en la tibieza de las sombras, sin un cuello al que aferrarse, abandonados los dedos a su suerte, que no es otra que la de caer en la nostalgia (del rostro de vos o de cualquier otro).
La nostalgia…
esa puta esquinera que llena sus noches, se mete en el güisqui y lo hace amargo. Vuelve la belleza arruga y la arruga muere, y con ella cualquier resquicio de inocencia que hubiera quedado pegado a la lengua.
 
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lunes, junio 18, 2007
Amor de bolsillo (sacrilège! sacrilège!)
La habitación del deseo es menta o sanguijuela, un nácar celestial salido de no se sabe muy bien donde, algo que no es tocable, pero sin embargo, se huele adentro como el arrullo de los gatos tímidos.
La llaman habitación pero no tiene nada de habitación. Es un mundo aparte (pero sin tener nada de mundo, pues no es ni vulgar ni real, sino algo totalmente indecible).
Para empezar, las farolas no alumbran nunca, pues la Luna se siente celosa de las terrestres y éstas no están dispuestas a tal desencanto. Bajo un pacto secreto al mediodía decidieron dejar la noche para la eterna veladora nocturna, convirtiéndose ellas entonces en perpetuas señales para los extraviados.
Las calles son escenarios andantes, con patitas disimuladas bajo el atrezzo de los payasos, que circulan sin rumbo siguiendo las indicaciones de las farolas (sin saber que éstas confunden el norte con el sur, y el este con el oeste)

Shhh…
Sale al escenario una chica con ojos de aceituna. Sale y esta triste, pero no pasa nada. Y calla frente a la luz crepuscular del foco que la impregna. Saca un paquete de cigarrillos del bolsillo trasero de su vaquero, y comienza a fumar. Fuma tímidamente aunque todos la estén viendo. Ella es Lola…
Mi tierna Lola se despierta cada día encharcada entre ríos de sueños. Sueña hielo cuando está despierta, pero las noches las dedica a provocar pequeños incendios carnales sobre sus sabanas excitadas o entre las aceras de cualquier ciudad encendida

Empieza la obra (Aplausos por favor)

Empieza a caminar con un par de ojos que la siguen. Se detiene y grita Te espero esta noche, jugando al escondite entre mis piernas”, al caballero que la observa a salvo desde su balcón, deleitándose con sus andares pecaminosos y arrojándole las manos para buscar sus pechos (pálidos de leche)

Enmudecida ella, se deja tocar por esas manos difusas, hasta que ofuscada de no encontrar cuello alguno para morder, sube al balcón esperando encontrar algo más tocable.
Llega y encuentra al dueño de las manos. Lo muslos se le empapan. Se sienta sobre él y comienza a cabalgarle, a chuparle la vida por la boca.


Escuchando: La Tragédie d'Oreste et Electre. Cranes
 
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sábado, junio 16, 2007
Deshielo de una caricia (Parte IV y Final)
La ciudad ardía bajo nuestros pies, que derretidos por el sol pedían auxilio con sus pequeñas voces, desgañitadas y sangrantes.
Los parpados languidecían pretenciosos y las caderas se nos insinuaban apetitosas y presumidas bajo la tela.
Mientras tanto, los pájaros dulces se quemaban en el cielo y nosotros nos sentíamos cada vez más fantasmas, sin sueños encendidos ni retales sobre amores escondidos
La fuente, ajena a todo esto, chisporroteaba casi silenciosa…

- ¿Cómo se atrevió a llegar usted hasta aquí, señorita a?

- No me atreví, mis pies me secuestraron sin avisarme…- los pies, tranquilos, descansaban sobre la hierba salvaje sin cortar

- Bueno… quizás quieras huir antes de hacer algo de lo que puedas arrepentirte- mentía indiferente,
con su discurso aprendido y mil veces soltado a jovencitas ansiosas de vivir
(avec sa petite bouchez française, como diciendo todo el rato “Oui… mon dieu, oui….”)

- No creo…

Y así trascurrían los segundos, con caricias inexistentes y escasas, apenas un beso en el aparcamiento, como marcando su territorio, haciendo esperar el estruendo del trueno tras el rayo. “Me va a comer viva”, pensaba... y lo peor es que yo dejaría que lo hiciera.
Así es como llegamos a la casa a escondernos de los vecinos entrometidos, las luces se apagaron y los labios se nos escaparon en busca de estamparse en los del otro, ansiosos del roce, de apretar, de morder… de saciarse sin éxito para volver a empezar.

(Lapsus temporal: los besos ya se fueron y el olor a sexo ya esta totalmente impregnado en las paredes. La piel se ha desgastado, al igual que los labios, que ahora lucen encendidos de cereza. Él finge dormir. Yo finjo no mirarle)

Es curioso como entre las sabanas y desnudo parecía tan indefenso. Como uno de esos niños cuando mienten, que se tapan la boca y ahogan la risa contenida, como si el mero hecho de asesinarla justificara la mentira evidente...
Ahí estaba él… el señor misterioso que, aunque dejando ver sus recovecos, seguía guardando todo de sí bajo la dermis


Escuchando: Happy songs for happy people. Mogwai
 
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viernes, junio 08, 2007
noche desde un tren

Los raíles suenan descompasados y las luces apenas iluminadas brillan lejos, monótonas por la lejanía con la que se reflejan en el cristal empapado. Afuera las gotas se suicidan contra el cristal, encantado de que algo les roce de manera tan casual y arriesgada, y a la vez, masajeándolas con el viento para aliviar su pena por haber muerto. El cristal es su paraíso, y las gotas-fantasmas vagan en él, distraídas…

Escuchando: Guitar and voice for rainy days. Vol. 4
 
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miércoles, mayo 30, 2007
nomeolvides
Los ojos llueven sombríos,
siglos de un pasado espantado,
y abatidos caen al mojado fango
y se empapan
de lodo y de miserias sin alas,
de olvido agostado y abandonado,

de versos sin sentido (ingratos moribundos)

Las manijas se detienen aburridas,
y se silencian en la multitud del tic-tac,
que suena acompasado en el caos,

pero callan y mueren,
y los recuerdos decaídos se hunden,
y las nomeolvides mustias lloran
desoladas por la negrura de sus hojas,
languidecen y ya no son
sino viudas incansables de su lloro.
Y las manos se arrepienten,
encadenadas al desden de no hallar caricias
fuera de las suyas propias (crueles hábitos rapaces)

Y todo perece…
las arrugas llenos los rostros
como afligidos verdugos enviados


Escuchando: The Very Best of Edith Piaf
 
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viernes, mayo 18, 2007
Deshielo de una caricia (Parte III)
(La segunda parte queda sin encuadernar para la inquieta imaginación del lector, guardada para siempre en mi desdichada memoria…)


Nunca hubiera imaginado que bajo aquella apariencia de metal fundido que llora las noches, se escondía un glacial helado (probablemente antártico) y un corazón-coraza. Pero ahí estaba él: todo un señor, con sueños rotos (al igual que el corazón),
besos ebrios (al igual que las noches)
y poemas entre los dedos. Poemas seguramente desalmados, pero de amor callejero y mentiroso, el mas dulce sin duda.

Aquella tarde el sol se incendiaba en lo alto, mientras que nosotros nos incendiábamos abajo al amparo de la fuente de la plaza de San Andrés, impecablemente antigua, con sus pequeños prados de amapolas rojas a los lados.
Los arcos mudéjares parecían saludarnos impasibles (contando los segundos hasta que la próxima y lejana lluvia les masturbara un poquito su dura piel) y los pájaros (traviesos alados) aparecían y desaprecian encantadoramente felices, y jugando.
Mientras el cielo nos quemaba la piel, jugábamos a no mirarnos…

- El que manda soy yo, pequeña- me había dicho una vez casi sin querer, y era cierto, una pena… Hubiera estado bien amordazarle el corazón por un momento para luego dejarle escapar como diciendo maliciosamente “perdona, fue sin querer”.

Pero no, mi plan parecía no funcionar: intentaba ser como él, sentir como él; pero él se había olvidado de lo que es sentir, y mis sentidos no estaban dispuestos a abandonar tal delicia. Podría fingir y fingir, pero nunca sería como él, que al leer en el periódico la triste noticia de la melancólica muerte de una virgen, podría permanecer indiferente, callado y aburrido.


Escuchando: Urban hymns. The Verve
 
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miércoles, mayo 02, 2007
Las cuatro edades
El titulo de aquel libro llamó poderosamente mi atención, con letras doradas y serpenteantes, que parecían escaparse del papel, decía así: De cómo atropellar y abandonar a una señorita a las orillas del Sena.

Las manijas del reloj se habían encargado de envejecerlo: las tapas estaban hermosamente roídas por el tiempo, desgastadas y con el polvo pegado dibujando estampados incomprensibles. Las hojas (algunas de ellas, rebeldes, se habían escurrido de las demás para permanecer solitarias) carcomidas sutilmente, pero igualmente bellas.
El libro en su conjunto resplandecía por la tristeza del paso del tiempo, por esa crueldad de ser inherente para todos (incluso para los libros).

Pasaba las hojas temiendo que se rompieran con el roce, leyendo párrafos desordenados, atisbando el fondo de aquel curioso titulo: un señor que jugaba a acariciar una señorita de labios de cereza para luego escapar hundiéndose en el Sena (no se sabe cómo ni porque). Ella, ofuscada y despechada, deseaba fervientemente durante casi toda la obra reencontrarse con él para asesinarle.

“No te acerques mon petit cabroin, que te muero a cada gemido,
por la espalda te acuchillo y te traiciono a bocajarro.
En mis sueños te mato, te olvido y te suicido


Escuchando: Emoh. Lou Barlow
 
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martes, abril 24, 2007
Deshielo de una caricia (Parte I)
“Como todo lo importante, ocurriste de repente. Apareciste y te alojaste en el rincón mas inoportuno de mi cuarto, me velaste de noche y me observaste en sueños de día, y te acurrucaste en el insomnio lleno de sombras.”
Me pasaba las noches pensándole, una enfermedad supongo, algo que no debería pero si. Me aterraba la idea de pensar que solo pensaba en él, que no podía remediar que él me ardiera dentro y fuera, mis dedos le buscaban y mis labios también.

Por aquel entonces, yo aún no era pájaro, mis alas asomaban pero apenadas no se atrevían a atreverse a volar. Soñaba, eso si, pero soñar es solo la tarea de los pobres locos y vagabundos que no tienen tiempo de vivir, algo miserable y delicioso al mismo tiempo.

Él apareció un día sin más, sin buscarlo ni preverlo: tan solo allí se había plantado, imprudente y rebuscado, dejando caer las hojas de Octubre o esperando el autobús de las 3 y media.
Recuerdo que nada mas verle lo imaginé como uno de esos gatos callejeros, cojos y tristes (lo triste siempre es lo mas besable, ya sea hombre, mujer o teja rota)

Más tarde conocí parte de su historia. Originariamente él había sido Azul (pariente lejano de nuestra querida Letra). Era triste y melancólico en esos tiempos, cuando todavía le quedaban poemas en los bolsillos para regalar. Pero sin duda, al igual que Letra, sucumbió a los horrores de algo que en poesía llaman Amor, pero que en realidad sería más conveniente definir como “el cosquilleo incontrolable de las hormigas que se revuelven como moscas en el vientre, la mentira deliciosa y cruel, pero deliciosa hasta el delirio de los hombres no cuerdos”.

Por supuesto, nada de esto me lo contó él. Él se resguardaba mucho de que cualquier mujer con labios se le acercará (muy lógico), aunque de vez en cuando, cuentan las macetas de su calle, que de su casa mora en las afueras de la cuidad que vio nacer un imperio sobre sus cuestas, salían ninfas tan bellas que harían enloquecer a esos mismos hombres no cuerdos.


Escuchando: Ínsula Poética. Joan Valent, Ara Malikian, Suso Saiz , Marc Blaens
 
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domingo, abril 22, 2007
Ingeniería del fuego
de cómo fabricar fuego en 3 cómodos pasos:

1. prender la llama
2. buscarle los labios

3. esperar hasta que se consuma y muera, o en su defecto, si lo sollozos son exagerados, suicidarla en el silencio callado
4. velarla de noche

Escuchando: Manantial. Ara Malikian

 
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miércoles, abril 11, 2007
Vieja cuentista de trovas (la llaman)
Érase una vez una dama atribulada
con el pelo descafeinado
y la garganta extraviada

Se contornea
sin uñas de acero plomizo,
sin uñas que se clavan.
Se desovilla en sus sienes
como hiedra en celo.

Mientras canta la lluvia,
desea un arañazo,
sin temor,
temiendo,
pálida y eterna.


Escuchando: The Soul Of Tango Greatest Hits. Astor Piazzolla
 
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sábado, marzo 31, 2007
Efímero
Allí estaba, entre mis manos temblorosas, la piel que atemorizada se palpaba casi ajena. Los dedos se escurrían intrusos entre las formas y recovecos de mi piel, dibujando con su punta ángulos imaginarios.

La luz parecía escasa, como de vela, pero sin vela alguna en la habitación, como si los focos artificiales se hubieran dulcificado para dar a la imagen proyectada una apariencia más rompible u obscura. La imagen que me observaba no era otra que la de mi propio cuerpo, y el espejo empapado se cernía sobre la pared, distante y frío, tocable pero irremediablemente lejano. Me sobrarían dedos para llegar a mi imagen reflejada, pero también me sobraba la timidez del cuerpo desnudo que se observa a si mismo, deleitándose…

Mis ojos curiosos me intimaban casi acosándome: el pelo negro, desordenado y aún algo mojado por la ducha, cubriendo parcialmente el rostro; una peca sobre el labio, otra unos metros más allá; los ojos borrosos y mentirosos; y los labios… sin duda, la pieza mas cara de la exposición. Vulnerabilidad se dibujaba en la dermis, que desnuda se tornaba asustada…

Y yo allí, lejana… me insinuaba a mi misma, me deseaba y me mordía sin morderme, tocaba sin tocar y estaba sin estar, pero estando.

Y allí estaba ella, observándome, copiando mis movimientos y retándome a dejarme mirar sin apartar la vista (y hacer que la apartara yo, al unísono).

Así permanecimos ambas, como el niño y el padre en conversaciones disparatadas de adultos que narran así:

- Estuve toda la noche mirando el cielo, papa
- ¿Y qué viste, hijo?
- Mmm... nada, me enamoré de una estrella…
 
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domingo, marzo 18, 2007
La letra (homenaje póstumo)
La letra. Ese pequeño e insignificante castigo. Apenas un símbolo borroso y disimulado entre garabatos.

Pasa desapercibida, desdeñada, pero señores… ella tiene su propia historia. Puede que poco importante a los ojos de historiadores o lingüistas, pero sin duda, imposible de ignorar.
Acérquense, yo se la contaré…

Hubo un día, y muchos otros, en que vivía placidamente entre amapolas rojas y jazmines alados. Por aquel entonces la letra era solamente una señorita de cabellos café, con las mejillas anaranjadas eternamente ruborizadas (que insinuaban que bajo aquella apariencia de belleza juvenil, se escondía todo una soñadora…), labios inquietos y diminutos detalles merecedores de una historia sobre cada uno de ellos.

En aquella época, ella aún se tumbaba sobre el cielo a soñar y discutía sobre temas dispares con tal ímpetu que los mismos dioses antiguos (inventados o no, que mas da) se hubieran acobardado en su presencia. Apenas dormía, recelosa de que el sueño le robara instantes de su vida. Si… ella estaba enamorada de la vida y de todos los minúsculos segundos que fluían con tanta rapidez que asustaba.

Y supongo que así es como comenzó. El tiempo. El tiempo y la señorita (convertida ya casi en letra) formaban una curiosa pareja. Curiosa, extraña y destinada al fracaso, pero enormemente embriagadora. Pocos podían imaginar que por las noches la señorita y su amante jugaban a buscarse en las orillas del Sena.
Pero irremediablemente, el tiempo se agrietaba día tras día, y un día, sin más, desapareció dejando tras de sí un reloj de arena, que recordaría para siempre a Letra, que el tiempo muere en cada suspiro…

Desde entonces la señorita, que ya no es señorita sino Letra, vive dejando pasar miles de historias ante sus ojos, sin poder apenas rozarlas, como farola ciega que alumbra a los que la leen, improvisados voyeurs de su desdicha, mientras ella les envidia con ojos de espanto.

Pd: Ha muerto.. ya nunca mas se escribirá
 
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viernes, marzo 16, 2007
Adios, mundo cruel (o la triste historia de un ser llamado Colilla)

A Popi, el eterno y desquiciado niño grande

Me regalaré si eres capaz de contarme en susurros,
te lloveré y te cantaré en caricias.
Te dibujaré en blanco y negro
como una película muda,
al unísono de los pasos enredados al asfalto.
Te buscaré y te huiré,
te engañaré
con falsas mentiras inventadas.
Y me iré
para dejarte a solas con los pasos idos,
esparcidos sobre tu ombligo
o en tus rizos guardados.

y te pensaré en silencio,
silenciosa con los pasos ya olvidados.


Escuchando: BSO La Ciencia del Sueño
 
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lunes, marzo 05, 2007
Y las niñas...
Hay que ser infiel, pero nunca desleal
Gabriel García Márquez


que pasean su pelo azabache,
con sus bocas picaras como enjambres,
labios de nube y ojos de quimera,
y un sinfín de nostalgias de algún escritor descuidado, que vaga por calles empedradas de guijarros y recuerdos abismales,
sangrando letras sobre lunares escondidos e indefensos
o deletreando-le sonetos a la luna

Y las niñas,
esos tiernos y difusos seres imperceptibles,
diminutas figuras de porcelana blanca,
ellas…

bailando en sus caderas como brújulas enfermas,
pequeñas torturas desenamoradas.

Escuchando: A veces el dolor. 713avo Amor

 
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