miércoles, mayo 30, 2007
nomeolvides
Los ojos llueven sombríos,
siglos de un pasado espantado,
y abatidos caen al mojado fango
y se empapan
de lodo y de miserias sin alas,
de olvido agostado y abandonado,

de versos sin sentido (ingratos moribundos)

Las manijas se detienen aburridas,
y se silencian en la multitud del tic-tac,
que suena acompasado en el caos,

pero callan y mueren,
y los recuerdos decaídos se hunden,
y las nomeolvides mustias lloran
desoladas por la negrura de sus hojas,
languidecen y ya no son
sino viudas incansables de su lloro.
Y las manos se arrepienten,
encadenadas al desden de no hallar caricias
fuera de las suyas propias (crueles hábitos rapaces)

Y todo perece…
las arrugas llenos los rostros
como afligidos verdugos enviados


Escuchando: The Very Best of Edith Piaf
 
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viernes, mayo 18, 2007
Deshielo de una caricia (Parte III)
(La segunda parte queda sin encuadernar para la inquieta imaginación del lector, guardada para siempre en mi desdichada memoria…)


Nunca hubiera imaginado que bajo aquella apariencia de metal fundido que llora las noches, se escondía un glacial helado (probablemente antártico) y un corazón-coraza. Pero ahí estaba él: todo un señor, con sueños rotos (al igual que el corazón),
besos ebrios (al igual que las noches)
y poemas entre los dedos. Poemas seguramente desalmados, pero de amor callejero y mentiroso, el mas dulce sin duda.

Aquella tarde el sol se incendiaba en lo alto, mientras que nosotros nos incendiábamos abajo al amparo de la fuente de la plaza de San Andrés, impecablemente antigua, con sus pequeños prados de amapolas rojas a los lados.
Los arcos mudéjares parecían saludarnos impasibles (contando los segundos hasta que la próxima y lejana lluvia les masturbara un poquito su dura piel) y los pájaros (traviesos alados) aparecían y desaprecian encantadoramente felices, y jugando.
Mientras el cielo nos quemaba la piel, jugábamos a no mirarnos…

- El que manda soy yo, pequeña- me había dicho una vez casi sin querer, y era cierto, una pena… Hubiera estado bien amordazarle el corazón por un momento para luego dejarle escapar como diciendo maliciosamente “perdona, fue sin querer”.

Pero no, mi plan parecía no funcionar: intentaba ser como él, sentir como él; pero él se había olvidado de lo que es sentir, y mis sentidos no estaban dispuestos a abandonar tal delicia. Podría fingir y fingir, pero nunca sería como él, que al leer en el periódico la triste noticia de la melancólica muerte de una virgen, podría permanecer indiferente, callado y aburrido.


Escuchando: Urban hymns. The Verve
 
Hubo algo a las 6:05 p. m. | Permalink | 6 Alfileres links to this post
miércoles, mayo 02, 2007
Las cuatro edades
El titulo de aquel libro llamó poderosamente mi atención, con letras doradas y serpenteantes, que parecían escaparse del papel, decía así: De cómo atropellar y abandonar a una señorita a las orillas del Sena.

Las manijas del reloj se habían encargado de envejecerlo: las tapas estaban hermosamente roídas por el tiempo, desgastadas y con el polvo pegado dibujando estampados incomprensibles. Las hojas (algunas de ellas, rebeldes, se habían escurrido de las demás para permanecer solitarias) carcomidas sutilmente, pero igualmente bellas.
El libro en su conjunto resplandecía por la tristeza del paso del tiempo, por esa crueldad de ser inherente para todos (incluso para los libros).

Pasaba las hojas temiendo que se rompieran con el roce, leyendo párrafos desordenados, atisbando el fondo de aquel curioso titulo: un señor que jugaba a acariciar una señorita de labios de cereza para luego escapar hundiéndose en el Sena (no se sabe cómo ni porque). Ella, ofuscada y despechada, deseaba fervientemente durante casi toda la obra reencontrarse con él para asesinarle.

“No te acerques mon petit cabroin, que te muero a cada gemido,
por la espalda te acuchillo y te traiciono a bocajarro.
En mis sueños te mato, te olvido y te suicido


Escuchando: Emoh. Lou Barlow
 
Hubo algo a las 1:33 p. m. | Permalink | 17 Alfileres links to this post
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