Allí estaba, entre mis manos temblorosas, la piel que atemorizada se palpaba casi ajena. Los dedos se escurrían intrusos entre las formas y recovecos de mi piel, dibujando con su punta ángulos imaginarios.
La luz parecía escasa, como de vela, pero sin vela alguna en la habitación, como si los focos artificiales se hubieran dulcificado para dar a la imagen proyectada una apariencia más rompible u obscura. La imagen que me observaba no era otra que la de mi propio cuerpo, y el espejo empapado se cernía sobre la pared, distante y frío, tocable pero irremediablemente lejano. Me sobrarían dedos para llegar a mi imagen reflejada, pero también me sobraba la timidez del cuerpo desnudo que se observa a si mismo, deleitándose…
Mis ojos curiosos me intimaban casi acosándome: el pelo negro, desordenado y aún algo mojado por la ducha, cubriendo parcialmente el rostro; una peca sobre el labio, otra unos metros más allá; los ojos borrosos y mentirosos; y los labios… sin duda, la pieza mas cara de la exposición. Vulnerabilidad se dibujaba en la dermis, que desnuda se tornaba asustada…
Y yo allí, lejana… me insinuaba a mi misma, me deseaba y me mordía sin morderme, tocaba sin tocar y estaba sin estar, pero estando.
Y allí estaba ella, observándome, copiando mis movimientos y retándome a dejarme mirar sin apartar la vista (y hacer que la apartara yo, al unísono).
Así permanecimos ambas, como el niño y el padre en conversaciones disparatadas de adultos que narran así:
- Estuve toda la noche mirando el cielo, papa
- ¿Y qué viste, hijo?
- Mmm... nada, me enamoré de una estrella…

